POR QUÉ HACE FALTA LA SOSTENIBILIDAD Y POR QUÉ NO SOMOS SOSTENIBLES

Desde hace varias décadas se han puesto de manifiesto cuestiones vinculadas a la ecología, la economía y la política que son de gran relevancia para el futuro inmediato de la humanidad. De hecho, la sostenibilidad es uno de los conceptos fundamentales de las ciencias actuales.

En 1988, la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo acuñó esta definición: “El desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Este modelo surgía como respuesta teórica a las condiciones generales planetarias, las cuales empezaban a volverse insostenibles y a constituir una auténtica emergencia mundial. Desgraciadamente, los análisis actuales confirman el continuo agravamiento de las problemáticas ecológicas y sociales mundiales.

Con todo, la sostenibilidad del desarrollo sigue siendo considerada “la idea central unificadora más necesaria en este momento de la historia de la humanidad” (Richard Bybee) y la pretensión de que sea la solución a esos macro problemas es ya mucho más que una gran idea. Pero ¿por qué necesitamos urgentemente un desarrollo sostenible?

1. Porque los patrones energéticos y económicos actuales, que someten a los ecosistemas y a los equilibrios climáticos de nuestra biosfera a un deterioro insostenible, tampoco sirven para asegurar las condiciones básicas de vida digna a la generalidad de los seres humanos. Así, se hace apremiante el cambio a un modelo de desarrollo que sea ecológicamente responsable y humanitariamente solidario.

2. Porque el petróleo, fuente principal del modelo energético vigente, está próximo a su agotamiento y al límite de su viabilidad económica, lo que supondrá un colapso global si no aplicamos alternativas eficaces con celeridad. Por ello, y para mitigar el peligroso cambio climático ya iniciado, precisamos, ineludiblemente, abandonar las energías fósiles y contaminantes y dar el salto a las energías renovables y libres de emisiones.

3. Porque, afortunadamente, está demostrado que con las tecnologías disponibles es posible procesar las fuentes energéticas renovables para producir electricidad y calor de manera eficaz. Incorporando los avances en eficiencia y racionalizando su producción y consumo, tenemos a nuestro alcance el medio seguro para lograr un nuevo paradigma de supervivencia y desarrollo eficiente, evitando los peligros y los costes de las energías fósiles y de la nuclear.

En todo el mundo estas cuestiones ya deberían ser de nuestro prioritario interés aunque solo fuera por la dependencia extrema que padecemos del petróleo. Pero también porque se dan múltiples localizaciones orográficas y climáticas propicias con lo que tenemos al alcance importantísimas posibilidades de aprovechamiento energético sostenible de las que podemos gozar, si nos aplicamos decididamente a ello.

En muchos ámbitos geográficos las energías solar, eólica, mareomotriz y geotérmica son abundantísimas y permitirían iniciar el ciclo económico a partir de fuentes energéticas gratuitas, en vez de hacerlo desde las energías fósiles, de gravosa obtención, transporte y coste. Y las tecnologías que se emplean para su transformación en electricidad y calor, son también de menor coste que las equivalentes, siendo que, al contrario que aquellas, ni desestructuran los yacimientos, ni producen emisiones contaminantes.

Si además, la implantación estratégica de tecnologías sostenibles se lleva a cabo desde las instituciones públicas y con criterios de economía social, los esfuerzos inversores y las cargas de amortización de su puesta en funcionamiento resultan mucho más asumibles y ajustadas, generando con prontitud un aumento notable de la riqueza general y del empleo en condiciones dignas.

Si esto es así, lo más adecuado sería zafarse del descalabro social de las finanzas globales y de las amenazas medioambientales del cambio climático, la contaminación general y el colapso de ecosistemas, redirigiendo las políticas, las tecnológicas y las economías hacia el nuevo paradigma económico y ecológico de la sostenibilidad. Sin embargo, las iniciativas de transición a la sostenibilidad que se implementan, en muchos casos, se lleva a cabo según los intereses de las empresas transnacionales energéticas, económicas y alimentarias y ajena a la deseable autosuficiencia de la ciudadanía. Y esto, ¿por qué?

No nos engañemos. El desarrollo sostenible pretende conseguir la satisfacción de las necesidades de todas las generaciones presentes, lo cual, además de una cuestión económica y tecnológica, es sobre todo, un asunto político. Más aún, pretende llevar a cabo esta aspiración incluyendo los derechos de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades, lo cual, resitúa la conciencia humanitaria en dos ámbitos inéditos: el del cuidado consciente de toda la humanidad presente y de los ecosistemas de nuestro entorno, y el de la solidaridad con los descendientes por llegar.

Todo esto, evidentemente, se enfrenta a los intereses de los poderes fácticos que sacan provecho la situación tal como está y que, por ello, se resisten a cambiar las reglas de juego y su finalidad. Pero, a lo que se ve, también colisionan con los intereses de muchos de los dirigentes de las instituciones democráticas, que son quienes facilitan con sus decisiones el mantenimiento de esta tan injusta como peligrosa inercia. Actitudes y de prácticas políticas que la ciudadanía consciente de lo grave del tiempo que nos toca vivir no deberíamos continuar consintiendo.

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