SOBRE EL HAMBRE Y LAS GANAS DE COMER

Para infinidad de seres humanos, el hambre supone además una severa falta de recursos de todo tipo: alimenticios, sanitarios, de cobijo, socioeconómicos y políticos. Sus afanes por salir adelante se desbaratan ante la desnutrición crónica, los riesgos cotidianos de infecciones y enfermedades, la habitual carencia de comodidades, el frecuente desamparo comunitario y los reiterados maltratos a su dignidad y a sus derechos fundamentales. La proporción de personas en estas dramáticas circunstancias es amplísima en los países que se denominan pobres, periféricos o del tercer mundo, los cuales, no por casualidad, suelen estar dominados por élites de poder arteramente privilegiadas y enriquecidas que se perpetúan a través de regímenes autoritarios y despiadados. Hoy más que nunca, un sinfín de nuestros semejantes padecen existencias infames, día tras día, hasta su muerte.

Para otros seres humanos, los que habitan en los Estados considerados ricos, centrales o del primer mundo, en general el hambre se limita a tener apetito, pues tienen fácil acceso a una variada nutrición, gozan de condiciones de vida salubres y de asistencia sanitaria de todo tipo, viven en hábitats confortables, cuentan con medios comunitarios y económicos para procurarse una existencia digna y están protegidos por garantías sociales y derechos legitimados “de la cuna a la tumba”.

No obstante, estos ciudadanos y ciudadanas “de primera”, habitantes de las naciones opulentas, son cada vez menos, porque también en el seno de estas sociedades existen gentes empobrecidas que malviven en un virtual “cuarto mundo” de precariedad y exclusión, que subsisten con las sobras del sistema, comiendo mal, consumiendo baratijas y recibiendo servicios insuficientes que no les permiten quitarse “las ganas de comer”. Y esta deriva a ninguna parte no para de extenderse.

Y es que la globalización económica neoliberal, la de las grandes finanzas y las macroempresas transnacionales ha venido a juntar el añejo y sórdido fin de concentrar la riqueza y poder en manos de unos pocos, “el hambre” del viejo autoritarismo explotador, con “las ganas de comer” de las nuevas formas de alienación, provocado un desastre humanitario y medioambiental sin precedentes y de alcance planetario, que se extiende como una marea corrosiva por el mundo y la biosfera.

Ante este fracaso civilizatorio, son ya innumerables los que tienen “hambre y sed de justicia”, una fuerte pretensión de que los responsables de gestionar los asuntos de relevancia general implementen -sin más elusiones y dilaciones- un auténtico compromiso humanitario. Y se están empezando a oponer decididamente a esta última gran calamidad impuesta por los poderosos del mundo, sus secuaces y sus lacayos.

Están en pugna por hacer emerger un pensamiento y una acción políticos en coherencia con el proceso histórico humano, que está determinado solo por la humanidad misma y por la sostenibilidad de los recursos naturales. Y pugnando porque prevalezcan las prácticas sociales y el cuidado ecológico que hagan posible que nuestra subsistencia pueda transformarse a mejor.

Por todo ello, frente a las percepciones alienadas, las justificaciones descontextualizadas y las reacciones fatalistas -que refuerzan con sus acciones y omisiones el status quo, sus intereses y sus inercias- esta es la ocasión para que sostenidos en nuestros valores de igual dignidad humana, en nuestros fines de libertad, igualdad y fraternidad ecuménicas, e imbuidos de la necesaria prudencia ante los límites y riesgos que arrostramos, la ciudadanía de todos los lugares asuma su protagonismo para que prevalezca la concordia planetaria. Solo tomando las riendas de la responsabilidad solidaria y ecológica es como podremos salir del postrero cerco que los enemigos de la especie humana emancipada y consciente pretenden llevar a sus últimas y suicidas consecuencias.

Dada su enorme complejidad y urgencia en asumirlos, es indispensable que estas inquietudes y estos retos se asuman en correlación y simultaneidad entre los ámbitos locales y globales. Y ningún espacio es demasiado pequeño o irrelevante en estas inusitadas circunstancias. No lo es, desde luego, el territorio y la sociedad de las islas Canarias, con nuestra población sometida a condiciones de empobrecimiento y exclusión y nuestros espacios medioambientales sumidos en la degradación, en niveles de auténtica emergencia política, económica y ecológica.

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